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Historias con música, por EB
05/12/2013
Sobre las bandas favoritas

La definición de la banda más grande del rock nacional, vista desde una amistad separada por el inicio de los fanatismos.

Franco es mi mejor amigo desde siempre. Tenía 7, 8 años cuando lo conocí y todavía sigue estando a mi lado, desde reuniones con nuestras parejas hasta mensajes de whatsapp a la distancia. Pero hubo un tiempo que casi sin darnos cuenta la música empezó a meter brecha en medio de nuestra amistad.

Eran los días de escuela primaria en los que nuestra generación se vió invadida por las mochilas de bandas de rock. Negras, berretas y con una serigrafía y gama de colores que ningún cliente consciente sería capaz de aprobar. Pero ahí estaban. Recuerdo incluso que salían 15 pesos.

Era el momento en el que la vida mediante una simple y pasajera moda me estaba diciendo que tenía que elegir algo tan complejo y marcador como una banda favorita. A mis 12 años.

Resulta que Franco, al igual que otros compañeros, opta por una mochila de La Renga. Eran los días donde Francella salía con su comedia-drama Naranja y media, y al finalizar el capítulo por alguna conexión que desconozco los créditos aparecían al ritmo de la Balada del diablo y la muerte. Obviamente La Renga había hecho mucho más que aparecer en este programa ya, pero había logrado una masividad bastante presurosa. Franco sobredimensionaba la situación diciendo que era la mejor banda del mundo, que cómo puede ser posible que no vea a Chizzo como el mejor letrista de todos los tiempos, y que debo estar loco por no subirme a ese tren.

Me subí a otro tren, el de los redonditos. Porque Luzbelito fue el primer CD que me había comprado, y los 12 años no son momento para andar dudando de las inversiones económicas que había hecho con mis ahorros. Yo también caí en la compra de una mochila, elemento al cual luego se le sumó una remera y más tarde hasta un buzo que tenía el supuesto DNI del Indio Solari estampado. Lo lucía orgulloso.

En horas de clase, en los márgenes o espacios que me quedaban en los apuntes, dibujaba el logo de Patricio Rey, y hasta me ponía a escribir frases de sus canciones con la tipografía de Lobo Suelto Cordero Atado. En un momento mis dibujos superaban hasta los de Rocambole y a cualquier vector ricotero.

Franco, entre tanto, hacía esas mismas cosas con su banda ridícula de jardineros. Posta, no hay nada más ridículo que tener más de 4 años y usar jardinero.

Que el Indio tiene voz de pito y me dijeron que es puto, que a mí me contaron que Chizzo viene de Chizito porque dicen que es bastante manicero,… tantas mentiras nos tirábamos el uno al otro, como buscando la redención que corte con este fanatismo. El cual no era tal, porque a mí La Renga no me disgustaba tanto en realidad. Incluso Despedazado por mil partes me parecía (y sigue pareciendo) uno de los discos más lindos que había escuchado, y Voy a Bailar a La Nave del Olvido, en su versión en vivo de Bailando en una pata, era moneda corriente en los cumpleaños a los que asistíamos. Pero a Franco eso no se lo iba a reconocer nunca. Porque sabía que si hacía eso yo perdía y acá estábamos jugando a muerte. Y con la muerte no se juega.

Era el verano que tuvimos que separar nuestros caminos y empezar secundarios distintos, ya que en Argentina se había decidido adoptar el modelo Polimodal que ya había demostrado ser un fracaso rotundo en España, y como había ahora no clases hasta séptimo sino hasta noveno, era difícil conseguir banca en las escuelas y los sorteos nos habían dejado en lugares contrarios.

Ese mismo verano hubo un día que fue más que especial. Habíamos abonado una cuota para todo el trimestre en una pileta pública, donde nos dirigíamos a perder todas las tardes.

Por los parlantes de la radio más popular de la ciudad –rafaelina, no se pierdan ese detalle- el conductor decide darle cauce a un juego que estoy seguro que hasta el día de hoy no sabe lo peligroso que se pudo haber tornado.

Preguntó, así como si nada, cuál era la banda más importante del rock argentino, y dio dos opciones:  ¿La Renga o Los Redonditos?

A mí me invadió un galopeo en el corazón imparable. Esto no era otra cosa más que una serie de penales entre las dos bandas que con mi amigo habíamos estado discutiendo su grandeza durante los últimos dos años.

No creo que ni el más ricotero de todos haya regalado tanta energía a Solari, Beilinson y los demás siquiera en el pogo más grande del mundo que yo en ese momento. Cortamos todo juego, no había Marco Polo ni mancha, ni truco ni nada. De ahí en más era momento de saber la sentencia.

Por todo el complejo no volaba ni una mosca. La radio y alguna risa largada por culpa de los nervios sonorizaban con total exclusividad la tarde. A lo lejos quizás estaban los que no entendían nada, saltando desde el trampolín ajenos a nuestra preocupación.

Nos habíamos sentado empapados al sol, ricoteros en un montoncito y rengueros en el otro. Nos hacíamos señas como preguntando “¿estás cagado?”, quizás como para sacarse uno mismo el miedo. Porque debo reconocer que cierto miedo me tenía. Digamos, para mí Los Redondos eran Los Redondos (remarco mucho el eran), pero La Renga estaba muy de moda y es verdad que habían pegado muy buenas letras. Yo escuchaba a escondidas El viento que todo empuja.

Quién diría. Ahí, en plena Rafaela se medía el destino del rock nacional. Era la encuesta más real que podríamos encontrar a nuestra edad y al mismo tiempo el fin a cualquier rivalidad. Ni lo dijimos, pero esperábamos la sentencia con un absolutismo digno de caballeros. Sea cual sea el veredicto, íbamos a aceptar el triunfo o la derrota sin cargar al otro, dejando de lado este ridículo juego dicotómico que nos estaba separando y haciendo tanto daño como ese sorteo para ingresar al secundario.

¿Podés creer que ganó La Renga?

Odié a Franco, su risa y que se haya tirado en forma de festejo a la pileta haciendo una mortal. Odié a la radio. No entendí bajo qué parámetros pueden decidir que mediante simples llamados la gente, que evidentemente no entendía nada, decida que Los Redondos no eran no sólo la banda del momento si no de la historia. Odié al que se le ocurrió hacer esto y meternos en este mal momento. Seguramente no tenía nada de relleno para su programa ese día, hasta el día de hoy lo pienso. Quizás si no hubiera sido tan vago en sus tareas habría podido crear otro clima ese día de pileta. Odié el pechofriísmo de los ricoteros que no estaban atentos a este concurso dejándome en banda.

Quería estar tan lejos de esa ignorancia. Sólo eso. Sólo eso.

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